
Nacer es tela de difícil. Ya os lo he contado. Pero no creáis que fuera la cosas son muy fáciles. Cuando sales hace frío y ya no está el liquidillo ese en el que yo flotaba. Pero, sin duda, lo peor es que te desaparece la comida. Cuando estaba en la barriguita era yo mismo el que me servía a mi gusto. ¡Mira, un trozo de magdalena! Lo cogía y a la boca. ¡Un bollito de chocolate! Y otra vez para dentro. ¡Helado de choco-menta! Y, de nuevo, al gaznate. Como veis, mi madre me alimentaba requetebien durante su embarazo. Pero en la cama en la que me pusieron después de nacer, las cosas dejaron de ser tan fáciles. En realidad, nacer es darse cuenta de que nada volverá a ser tan fácil. Mi mamá se empeñaba en estrujarme junto a sus pechos. Me decía: Come, Martín, come. Y yo me decía a mí mismo: pero, ¿cómo voy a comer si aquí no flota nada a mi alrededor?. Me lo decía a mí mismo porque pasaba de ponerme a discutir con mi madre tan pronto. Para eso ya tendremos tiempo. A mí me ponía la teta muy cerquita pero yo tardé varios días en darme cuenta de que la comida estaba ahí dentro. Había que hacer mucho esfuerzo para sacarla y yo me cansaba muy pronto. Papá y Mamá, la verdad, lo pasaron fatal al principio. Yo no comía nada y ellos se desesperaban porque pensaban que me iba a dar un chungo por desnutrición. No sabían que yo tenía reservas de sobra. Me dieron algún biberón de leche artificial. Yo me lo tomé pero para entonces le había ido cogiendo gustillo a eso de chupar tetilla. Y, bueno, a los pocos días, no es por presumir, ya era todo un experto.
Lo peor, sin duda, es lo de los gases entre pecho y pecho. Mi madre me pega unos empujones y unos golpes en la espalda que me deja grogui. Otras veces me coge por el cuello para agarrarme y parece que quiere ahorcarme. No sé qué pensarán los Servicios Sociales de esto:

Además a mí lo que me gusta de verdad es quedarme dormido mientras como. Me encanta dejarme llevar por la somnolencia que da la leche. Cuando me separan del pecho me quedo como traspuesto, me desplazo a otra dimensión. Es como si mi alma viajara pero mi cuerpo se quedara. Eso es como lo vivo yo, vamos. Pero esto es como los borrachos. Una cosa es lo que tú piensas que está ocurriendo y otra es lo que realmente está pasando. Porque mientras yo creo que hago viajes astrales todos se están partiendo con el careto que yo pongo nada más terminar de comer. La gente tiene muy malas ideas y muy poquita vergüenza. Pero esa es otra historia que ya contaré en otra ocasión...
Martín hijo, qué gracia tienes contando las cosas con lo chico que eres! Yo no habría descrito mejor esos primeros días. Mira que la matrona nos decía que al principio no importaba si no comías... pero es que nos daba una cosa a tu papá y a mí! Y como se te bajó el azúcar el primer día, pues más susto teníamos en el cuerpo. Supongo que lo entiendes.
ResponderEliminarBueno, y te recuerdo que aparte de helados de choco-menta, que haberlos los ha habido y en abundancia, también has comido mucha fruta y verdura, y carnecita buena... Lo que pasa es que no te acuerdas porque no estaba tan rico!!
Un beso, tragoncito. Y sigue contándonos cosas, que me encantan!